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33. La Restauración Evangelismo es el estudio de cómo testificar eficazmente y compartir el evangelio con audacia. Considera los elementos básicos del plan de salvación y su presentación con claridad. Enseña como superar la resistencia de diferentes tipos de mentalidades. Explica cómo hacer el seguimiento y presenta las verdades fundamentales que el obrero cristiano tiene que enseñarle al recién convertido. 9. Recaída y Restauración Preguntas por P. Brown;
Respuestas por H. P. Barker
EL tema que en esta ocasión va a ocupar
nuestra atención es de gran solemnidad. Creo que la mayor parte de
los cristianos, por no decir que todos, saben lo que es la recaída.
No me refiero a que hayan caído en pecado público. Uno puede
actuar de la forma más ejemplar, y, sin embargo, en medio de todo
ello, ser «reincidente de corazón» (Proverbios 14:14). Muchos de
nosotros, estoy seguro, tenemos que lamentarnos de las ocasiones en
las que nos hemos descarriado conscientemente de la comunión con
Dios, y en que nuestras almas se han enfriado y nublado. Oremos, por
tanto, que Dios nos ayude al pasar a considerar esta cuestión. ¿Cuál es la causa de la recaída? Para responder a esta pregunta, es
necesario observar que los descarriados aparecen en dos clases. Hay
aquellos que nunca han pasado de una mera profesión de fe cristiana.
Han quedado bajo influencias religiosas, han tomado el puesto de
creyentes en Cristo, y con toda sinceridad se imaginan que están de
camino al cielo. Pero en sus almas no ha entrado de parte de Dios
una convicción de pecado; sus conciencias nunca han sido aradas por
el poder de la Palabra de Dios; son totalmente ajenos al
arrepentimiento y a la fe salvadora en el Señor Jesucristo. A pesar
de su profesión de fe son lo que siempre fueron, pecadores no
regenerados. Más tarde o más temprano, quizá, la vida religiosa
en la que han entrado les resulta fastidiosa. Sienten que no pueden
vivir según la profesión de fe que han hecho. Se reafirman los
viejos gustos y deseos, y poco a poco van deslizándose hacia su
antigua manera de vivir y son considerados como recaídos por
aquellos que los habían considerado como verdaderos cristianos.
Igual que la puerca de la que leemos en 2 Pedro 2:22, su
lavamiento no había ido más allá de la superficie; reformados
exteriormente, nunca habían sido transformados en ovejas de
Cristo, y era solo de esperar que volvieran a la ciénaga del pecado. La otra clase se compone de aquellos que
han sido verdaderamente convertidos. Como pecadores merecedores del
infierno, pero arrepentidos, han depositado toda la confianza de sus
almas en el Señor Jesucristo y en Su obra expiatoria. Sus pecados
han sido perdonados, y son de Cristo para siempre. Es doloroso tener que decirlo, pero es solo
demasiado cierto que incluso los tales pueden descarriarse,
enfriarse de corazón y caer en pecado. Son muchas las causas que pueden contribuir
a producir la decadencia espiritual en un cristiano. Quizá una de
las más frecuentes es la confianza en uno mismo. Somos muy
proclives a olvidar que no podemos proseguir por una sola hora a no
ser que nos apoyemos en el fuerte brazo de Cristo para mantenernos
en pie. A veces somos tan insensatos que nos imaginamos que las
maravillosas bendiciones que hemos recibido son suficientes para
mantenernos firmes sin una constante dependencia del Dador de la
bendición. Haremos bien en recordar lo que sucedió en el caso de
Jacob. En aquella memorable noche, junto al vado del Jaboc, recibió
una maravillosa bendición. Dios cambió su nombre, y, cosa más
significativa, se añade que «le salió el sol». Pero lo
siguiente que leemos es que «cojeaba de su cadera». Las
tinieblas habían dejado paso a la luz, las dudas y los temores habían
dejado paso a la confianza; Dios había dado libremente Su bendición,
pero Jacob quedó tan débil e incapaz en sí mismo después de esto
como lo era antes. Seguía necesitando apoyarse en algo fuera de sí
mismo. Y muchos años después persistía la misma necesidad (Hebreos
11:12). Lo mismo sucede, en lo espiritual, en el
caso de cada hijo de Dios. La única forma de ser preservado de la
recaída es una dependencia constante, momento a momento, y así será
hasta nuestro último segundo en la tierra. Olvidar esto y confiar
en cualquier manera en nuestra propia constancia es asegurar el
fracaso y la derrota. Si un verdadero hijo de Dios recae,
¿necesita volver a ser salvo? Podría contestar a esta pregunta haciendo
otra. Si un muchacho huye de casa, ¿necesita que le hagan hijo de
su padre otra vez? No, desde luego que no; puede que precise de
castigo, y cuando se arrepienta necesitará perdón y restauración
a su puesto en el círculo familiar, pero el vínculo de la relación
entre él y su padre es de tal naturaleza que ninguna mala conducta
de su parte la puede destruir. Ahora bien, el vínculo que se forma entre
el creyente y Dios es un vínculo eterno. Es Dios mismo quien lo ha
constituido, y «todo lo que Dios hace será perpetuo» (Eclesiastés
3:14). Dios lo ha salvado, ha hecho de él Su propio hijo
querido. Lo ha sellado con Su Espíritu y le ha asegurado que nunca
perecerá. Además, ha llegado a ser miembro del cuerpo de
Cristo, y objeto del amor y cuidado especiales del mismo Cristo. ¿Acaso
todo esto puede quedar en entredicho, y deshecha la obra de Dios, y
que se arrebate una oveja de manos del Pastor? Para una mente
reflexiva, y que comprenda lo que se implica en la salvación de un
alma, hacer tales preguntas es contestarlas. Así, ¿no hay tal cosa como ser
borrado del libro de la vida? Usted debe referirse, supongo, a lo que se
asevera en Apocalipsis 3:5. Pero debemos recordar que en la ciudad
de Sardis había algunos que, por así decirlo, habían escrito sus
propios nombres en el libro de los vivientes. Tenían nombre de que
vivían, como nos dice el versículo 1, pero en realidad estaban muertos.
Ahora bien, si Dios escribe el nombre de quienquiera en el
libro de la vida, se debe a que aquel está verdaderamente vivo,
habiendo sido vivificado por el mismo Dios. Y si Dios escribe
un nombre en aquel libro, jamás lo borrará. Pero si alguien toma
el puesto de ser un viviente, sin haber «pasado de muerte a vida»,
es como si hubiera inscrito su nombre donde no tiene derecho a estar,
en las páginas del libro de la vida. Y todos estos nombres Dios
desde luego los borrará. Pero son los nombres no de santos recaídos,
sino de falsos profesantes carentes de vida. ¿No temía el apóstol Pablo que
después de todo él pudiera llegar a ser reprobado? Si este fuera el caso, ¡tiene que haber
dudado de la verdad de lo que él mismo enseñaba constantemente!
Pero la Escritura no dice lo que su pregunta presupone. El pasaje
que usted tiene en mente es 1 Corintios 9:27, que, como
observará, no menciona devenir un reprobado, aunque la
posibilidad de ser un profesante, e incluso un predicador, y sin
embargo no ser otra cosa que un pobre inconverso y réprobo, queda
claramente reconocida. ¿Por qué permite Dios que Sus hijos
recaigan? No podemos referirnos a nuestras recaídas
como por permisión de Dios. Naturalmente, es cierto que Él tiene
poder para guardarnos de recaer, pero no es Su forma de actuar
tratarnos como unas meras máquinas inanimadas. Él ha puesto a
disposición de nosotros todas Sus riquezas de gracia y poder, de
modo que si nos descarriamos y desviamos, solo podemos culparnos a
nosotros mismos. Y Dios emplea nuestros fracasos y nuestras caídas
para hacernos aprender la lección que tan lentos somos en aprender
—la de nuestra absoluta debilidad e incompetencia. Pero a fin de que podamos ser preservados
de tropiezos y de extravíos, Dios nos ha dado un Salvador viviente
en el cielo para que sea nuestro grande y poderoso Intercesor. Él
conoce nuestras debilidades y nuestra necesidad, y Él vive para
satisfacerla con Su gracia y poder. Tenemos también el Espíritu Santo
habitando dentro de nosotros para ser nuestro Guía y Consolador,
para hacer reales las cosas de Dios para nosotros, y para
controlarnos para Cristo. Y luego tenemos también el inapreciable
tesoro de la Palabra de Dios para actuar sobre la conciencia y para
señalarnos el camino de la verdad. Con recursos como estos, no hay excusa para
la recaída. Es solo cuando descuidamos la maravillosa provisión
que Dios nos ha dado, e intentamos andar con nuestro propio poder,
que nos alcanza el desastre espiritual. Si un cristiano peca, ¿se le debe
considerar en cada caso como recaído? Naturalmente que no, porque, en tal caso,
¿quién entre nosotros no sería un recaído? Debemos distinguir
entre aquel que persiste en el pecado, y aquel que es «sorprendido
en alguna falta», aunque incluso este último necesita restauración
(Gálatas 6:1). Si observamos una columna de humo, la
veremos a menudo empujada de un lado a otro por los golpes de viento
pasajeros. Pero su principal dirección es hacia arriba, a
pesar de todo. Así es con el cristiano. Puede ser influido por
cosas pasajeras, y por falta de vigilancia puede ser sorprendido en
alguna falta. Pero si su principal dirección es hacia arriba,
y si prosigue en este curso, lamentando sus fracasos y persistiendo
adelante a pesar de todo, no debe ser contemplado a la misma luz de
quien persiste durante días, semanas o meses sin acudir a la
presencia de Dios en juicio propio, para confesar su pecado y para
buscar gracia que le capacite para apartarse del mismo. ¿Qué quiere decir por «reincidente
de corazón»? Es un término escriturario, como veremos
si examinamos Proverbios 14:14 (V.M.). Tenemos un ejemplo de lo que
se quiere decir con esto en el caso de los santos en Éfeso. Se
trataba de lo que muchos considerarían sin duda como una congregación
modélica. Su arduo trabajo, su fidelidad en repudiar falsos
maestros, su paciencia por causa de Cristo, eran cosas bien
conocidas. Sin embargo, Aquel que lee los corazones tenía algo
contra ellos: habían dejado su primer amor (Apocalipsis
2:2-4). Externamente eran todo lo que se podría desear, pero el
amor de ellos por Cristo había dejado de arder con su antiguo
brillo, el ardor de su primer afecto hacia Él mismo se había
enfriado; eran descarriados de corazón. ¡Cuántos entre nosotros tienen que
confesar que esto es lo que nos ha sucedido! ¡Y cuán evidente es,
por la evidencia de estos creyentes efesios, que la actividad y el
celo en el servicio del Señor, incluso cuando todo ello va acompañado
de una fidelidad inflexible a la verdadera doctrina, no remedia el
enfriamiento del «primer amor». ¿Cómo puede ser restaurado un hijo
de Dios recaído? Si se busca una restauración plena, tiene
que llegarse al fondo del propio pecado y enfriamiento en presencia
de Dios. No será suficiente con una mera expresión de dolor y
oración buscando el perdón. Ha de haber un verdadero juicio propio,
y un seguimiento de los pasos tomados en el punto en que tuvo lugar
el extravío. Recuerdo una ocasión, mientras descansaba
en mi alojamiento, que un ratoncito salió de su agujero y comenzó
a pasearse por la habitación. Pero pronto se asustó por un pequeño
movimiento de mi pie, y desapareció por su agujero. Pocos minutos
después reapareció, saliendo esta vez de un agujero al otro lado
de la estancia. Que cada cristiano recaído observe esto.
¡No puedes hacer como aquel ratón! Él huyó hacia un agujero y
salió por otro, pero esto es imposible para ti. Tú te has
introducido en algún orificio oscuro, lejos de la luz de la
presencia de tu Salvador, lejos del gozo de la comunión con Dios. Y
si tienes que ser restaurado tendrás que salir por el mismo
agujero que por el que entraste. Lo que quiero decir es que tendrás que
remontar, en presencia de Dios, aquel episodio de la historia de tu
alma que se encuentra entre el momento de tu extravío y el presente.
Con ayuda del Señor, lo podrás hacer; y la confesión del primer
mal paso, y el juzgarte a ti mismo por haberlo tomado, es un gran
comienzo. Ten en cuenta, en todo ello, que el bendito
Señor te contempla con ojos de amor inmutable. Todo tu pecaminoso
extravío no ha hecho disminuir ni un ápice Su fiel amor por ti.
Piensa en ello. Medita esta bendita realidad: «El me ama, a pesar
de todo», y con el pensamiento de este verdadero, intenso, tierno y
eterno amor, acude con tu confesión en presencia de Dios. «Llevad
con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová», y Él
sanará tu recaída y te llenará de nuevo el corazón de gozo. Pero no quieras ofrecer excusa alguna por
tu alejamiento. Tu peor enemigo eres tú mismo, y al
volverte al Señor harás bien en no concederte ningún cuartel. Al confesar tu pecado de esta forma, puedes
tener la certidumbre de que quedas perdonado. «Si confesamos
nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados».
Puede que no experimentes, y probablemente no experimentarás, ningún
repentino alivio ni ninguna dispersión inmediata de las nubes, pero
desde luego quedas perdonado en el momento en que derramas la triste
historia de tu pecado a oídos de tu Padre. Luego, por la abogacía de Cristo, sigue la
restauración. Él hará que Su palabra tenga efecto sobre ti; te
hablará al corazón de una forma que te derretirá, y profundizará
en ti el sentido de Su amor y fidelidad y de tu propia insensatez e
indignidad. Luego, no confiando en tu propia sabiduría y fuerza,
emprenderás continuar en el poder de Su gracia. Cuando un recaído regresa al Señor
de esta manera, ¿es inmediata su restauración? No por lo general, me parece, aunque su perdón
es instantáneo en el momento en que presenta su confesión. Pero la
restauración es algo distinto del perdón, y no se da con tanta
celeridad. Al extraviado que regresa se le hace que se dé cuenta de
que su pecado no es cosa ligera, y que el privilegio de la comunión
con Dios no es algo que se pueda echar de lado y luego reanudar a
placer. Al decir esto, tengo en mente un pasaje en
Oseas 5:15, y 6:1, 2, que aunque primordialmente se refiere a
Israel, expone el principio que estoy tratando de explicar. El Señor se aparta en el capítulo 5:15,
«Andaré y volveré a mi lugar», dice el Señor, «hasta que
reconozcan su pecado y busquen mi rostro». El efecto de esto es que
el pueblo se exhortan unos a otros. «Venid y volvamos a Jehová;
porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará
vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará». Así,
se anticipa un intervalo de tiempo entre el retorno de sus almas al
Señor y el avivamiento y levantamiento que procederá de Él. Este
período de tiempo permite al alma pasar por el ejercicio espiritual,
y que se realice la prueba de su realidad. Pero si se mantiene la
actitud de verdadera contrición y de juicio propio, la restauración
es tan cierta como el perdón; podemos tener la certidumbre de que
Dios no mantendrá a nadie esperando más tiempo del suficiente para
que se aprendan las necesarias lecciones. Dejad que añada que la restauración no llega generalmente en forma de un repentino estallido de éxtasis, ni nada de esta clase; acontece cuando nuestros pensamientos se dejan de centrar en nosotros mismos y se dirigen a Cristo. El Espíritu santo dirige nuestros pensamientos a Su amor, y, al estar con la atención puesta en Él, la bendición que anhelábamos llega a ser nuestra de nuevo. |
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