6. La Ocupación

Historia del Antiguo Testamento
presenta un análisis literaria que reconoce que
el Antiguo Testamento mismo manifiesta ser más que el relato histórico
de la nación judía. Tanto para judíos como para cristianos, es la
Historia Sagrada que descubre la Revelación que Dios hace de Sí mismo
al hombre y en él se registra no solo lo que Dios ha hecho en el
pasado, sino también el plan divino para el futuro de la humanidad.

Capítulo
VI
La
ocupación de Canaán
El día tan
largamente esperado llegó al fin. Con la muerte de Moisés, Josué fue
comisionado para conducir la nación de Israel a la conquista de
Palestina. Habían transcurrido siglos desde que los patriarcas
habían recibido la promesa de que sus descendientes heredarían la
tierra de Canaán. Mientras tanto y en ese interregno, cada
generación sucesiva del pueblo palestino había estado influenciado
por varios otros pueblos procedentes del Creciente Fértil. Motivados
por intereses económicos y militares, atravesaron Canaán de vez en
cuando.
Memorias
de Canaán
En el
apogeo de los éxitos militares, la poderosa
XII
Dinastía (2000-1780 a. C.) extendió espasmódicamente el control
egipcio a través de Palestina incluso hasta llegar tan al norte como
el Eufrates. En las subsiguientes décadas, Egipto no solo declinó en
su poderío, sino que fue ocupado por los poderosos hicsos, que
gobernaron desde Avaris, en el Delta. Poco antes de 1550 a. C. el
gobierno de los hicsos, como invasores e intrusos, había terminado
en la tierra del Nilo.
El reino
hitita tuvo sus principios en Asia Menor al comenzar el siglo
XIX
a. C. Referidos en el Antiguo Testamento como los "hijos
de Het" los hititas se mencionan frecuentemente como ocupantes de
Canaán. Allá por el 1600 su poder se había incrementado tanto en el
Asia Menor que llegaron a extender sus dominios hasta Siria &
incluso destruyeron Babilonia sobre el Eufrates por el 1550 a. C.
Dentro de la siguiente centuria la expansión hitita fue detenida por
dos reinos que entonces surgieron.
Por el
tiempo en que los hicsos invadieron Egipto y Babilonia, se hallaba
floreciendo bajo la I Dinastía, ejemplarmente representada por
Hamurabi, el nuevo reino de Mitanni que emergió en las altas tierras
de Media. Este pueblo indoario estaba compuesto de dos grupos: la
clase común, conocida
por los hurríanos, y la nobleza, o clase gobernante, llamada arianos.
Procedente del territorio al este de Harán, esas gentes de Mitanni
continuamente extendieron su reino hacia el oeste de tal forma que
en 1500 a. C. alcanzaron el mar Mediterráneo. El principal deporte
del pueblo ario o ariano, era el de las carreras de caballos. Se han
descubierto tratados escritos sobre la cría y el entrenamiento de
los caballos, a principios del presente siglo en Boghazkóy donde
habían estado preservados por los hititas que conquistaron al pueblo
mitanni. Por el 1500 a. C., el poder mitanni detuvo el avance de los
heteos por casi un siglo.
Los egipcios enviaron
frecuentemente sus ejércitos a través de Canaán para desafiar el
poder mitanni. Tutmosis III llevó a cabo diez y siete o diez y ocho
campañas en la región de Siria y más allá todavía. Durante los
primeros intentos hacia la conquista asiática, una confederación
siria, apoyada por el rey de Cades (localizado en el río Orontes)
resistió el avance egipcio. Muy verosímilmente la tierra de Siria
una tierra de prósperas ciudades, fértiles llanuras rica en
minerales y otros recursos naturales, y con vitales rutas de
comercio, que unían los florecientes valles del Nilo y el Eufrates
había permanecido bajo la hegemonía mitanni. Tras de la derrota de
los sirios en Meguido, el poder de Egipto se extendió hasta Siria.
Por un cierto tiempo los mitanni parecían apoyar a Cades como un
Estado‑tapón, pero eventualmente, Tutmosis marchó con sus ejércitos
a través del Eufrates y temporalmente acabó con el dominio mitanni
en, Siria. Cuando murió Tutmosis, virtualmente toda Siria se hallaba
bajo el gobierno de Egipto.
La fricción continuó entre el poder
egipcio y el mitanni durante los reinos de Amenofis II (1450‑1425) y
Tutmosis IV (1425‑1417), por lo que Siria vaciló en su fidelidad y
acatamiento. Aunque Saussatar, rey de Mitanni, extendió su poder
hacia el este llegando hasta Asur y más allá del río Tigris, su hijo
Artatama parece que fue frenado a causa del poder hitita. Esta
amenaza parece que fue la causa de que Artatama I hiciese un
convenio de paz con Tutmosis IV. Bajo los términos de esta política,
las princesas mitanias se casaron con los faraones durante tres
reinados sucesivos. Por aquel tiempo, Damasco se hallaba bajo
administración egipcia. Las cartas de Amarna (ca. 1400 a C.)
reflejan las condiciones en Siria, indicando que las relaciones
diplomáticas y fraternales existían entre las familias reales de
Mitanni y Egipto.
El poder hitita pronto se incrementó
y desafió este control mitanniegipcio del Creciente Fértil. Bajo el
reinado del rey Suppiluliune (13801346) los hititas cruzaron el
Eufrates hasta Wasshugani, reduciendo Mitanni a la situación de un
Estado‑tapón entre el reino hitlta y el creciente imperio asirio en
el valle del Tigris. Este, por supuesto, eliminó a Mitanni como
factor político en Palestina. Aunque el reino Mitanni estaba
completamente absorbido por los asirios (1250 a. C.), los hurrianos,
conocidos como horeos en el Antiguo Testamento, se hallaban en
Canaán cuando entraron los israelitas. Posiblemente los heveos eran
también de origen mitanni. Con la eliminación de la amenaza mitanni,
los hititas dirigieron sus intenciones hacia el sur. Por casi un
siglo, los hititas desde su capital en Boghazköy y los egipcios
rivalizaron por el control de la vacilante frontera de Siria.
Durante este período, Cades se convirtió en el centro de un reino
amorreo revivido. Muy verosímilmente adoptaron una politica de
acomodación manteniendo amistad con el más poderoso.
Cuando Ramsés II (1304‑1237) llegó
al trono, los egipcios renovaron sus esfuerzos para eliminar los
hititas de la Palestina del norte con objeto de recobrar sus
posesiones asiáticas. Mutwatallis, el rey hitita, se atrincheró
firmemente en la ciudad de Cedes y ayudado por ejércitos procedentes
de ciudades de Siria, al igual que de Carquemis, Ugarit y otras
ciudades de la zona. Ramsés extendió su frontera hasta Beirut a
expensas de los fenicios y después marchó por el Orontes hacia
Cedes, enfrentándose un enemigo que tenía comprometido a los
egipcios en una situación de guerra desde hacía ya dos décadas. Esta
batalla de Cedes en el año 1286 a. C. estuvo lejos de ser
decisiva para los egipcios. Tras otras numerosas conquistas de
ciudades en Canaáa y en Siria, Ramsés II y Hattusilis, el rey hitita,
concluyeron un tratado en 1280 a. C., un prominente pacto de no
agresión en la historia. Copias de este famoso acuerdo han sido
halladas en Babilonia, Boghazköy y en Egipto. Aunque no se mencionan
fronteras en el tratado, es muy posible que el estado amorreo
formase una influencia neutralizadora entre los egipcios y los
hititas.
En los días de Merneptah, unos
invasores procedente del norte, conocidos como los arios,
destruyeron el imperio hitita y debilitaron el amorreo, destruyendo
Cedes y otras plazas fuertes. Aunque el imperio hitita se
desintegró, este pueblo es frecuentemente mencionado en el Antiguo
Testamento. Ramsés III rechazó a estos invasores procedentes del
norte, en una gran batalla por tierra y mar y una vez su poder
menguado, unificó la Palestina bajo control egipcio. Tras Ramsés
III, declinó también el poder egipcio, permitiendo la infiltración
de los arameos en el área de Siria, que llegó a ser una poderosa
nación, aproximadamente dos siglos más tarde.
El pueblo de Canaán no estaba
organizado en fuertes unidades políticas. Los factores geográficos,
al igual que la presión de las naciones vecinas que la rodeaban, del
Creciente Fértil, y que utilizaban a Canaán como un Estado‑tapón,
cuenta mucho para el hecho de que los cananeos nunca formaron un
imperio fuertemente unido. Numerosas ciudades‑estado, controlaban
tanto territorio local como les era posible, con la ciudad bien
fortificada para resistir un posible ataque del enemigo. Cuando los
ejércitos marcharon sobre Canaán, estas ciudades con frecuencia
impedían el ataque mediante el pago de un tributo. No obstante,
cuando el pueblo llegó para ocupar la tierra, como Israel hizo
mandada por Josué, tales ciudades formaron ligas y se unieron
oponiéndose al invasor. Esto se halla, por cierto, bien ilustrado en
el libro de Josué.
La localización de Palestina en
el Creciente Fértil y la configuración geográfica de la tierra en sí
misma, con frecuencia afectó a su desarrollo político y cultural.
Sobre las llanuras aluviales del Tigris y el Eufrates, lo mismo que
en el valle del Nilo, numerosas diminutas ciudades‑reinos, y
pequeños principados o distritos, estuvieron más de una vez unidos
en una gran nación. Esto no se llevó a cabo fácilmente en Siria‑Palestina,
ya que la topografía era opuesta a la fusión. Como resultado, Canaán,
se hallaba en una posición debilitada, puesto que ninguna de sus
ciudades‑reinos era igual en fuerza para las fuerzas invasoras que
venían procedentes de los reinos más poderosos establecidos a lo
largo del Nilo o del Eufrates. Al propio tiempo, Canaán era el
precio codiciado de esas naciones más fuertes. Hallándose situada
entre dos grandes centros de civilización, Canaán con sus fértiles
valles estaba frecuentemente sujeta a la invasión de fuerzas más
poderosas. Reyezuelos no lo bastante fuertes para hacer frente a una
invasión enemiga, encontraban la solución al expediente,
momentáneamente, al humillarse y pagar un tributo a grandes reinos
como el de Egipto. Con frecuencia, sin embargo, cuando el invasor
se retiraba, los "regalos" terminaban. Aunque aquellas ciudades‑reinos
eran fácilmente conquistadas, resultaba difícil para los vencedores
el retenerlas como posesiones permanentes.
La religión de Cancán era
politeísta. El,
era considerado como la principal entre las deidades cananeas.
Parecido a un toro en una manada de vacas, el pueblo se refería a él
como "el padre toro" y lo consideraban como su creador. Asera era la
esposa de El. En los días de Elías, Jezabel patrocinó a
cuatrocientos profetas de Asera (I Reyes 18:19). El rey Manasés
colocó su imagen en el templo (II Reyes 21:7). Como jefe principal
entre setenta dioses y diosas que eran considerados como vástagos
de El y Asera, estaba Hadad, más comúnmente conocido como Baal, que
significaba "señor". Reinaba como rey de los dioses y controlaba el
cielo y la tierra. Como dios de la lluvia y de la tormenta, era
responsable de la vegetación y la fertilidad. Anat, la diosa que
amaba la guerra, era hermana, y al propio tiempo su esposa. En el
siglo IX, Astarté, diosa de la estrella de la mañana, era adorada
como su esposa. Mot, el dios de la muerte, era el jefe enemigo de
Baal. Yom, el dios del mar, fue derrotado por Baal. Esos y muchos
otros forman la introducción del Panteón cananeo.
Puesto que los dioses de los
cananeos no tenían carácter moral, no es de sorprender que la
moralidad del pueblo fuese extremadamente baja. La brutalidad y la
inmoralidad en las historias y relatos respecto de tales dioses es
con mucho, la peor de cualquier otra hallada en el Cercano Oriente.
Puesto que todo ello se reflejaba en la sociedad cananea, los
cananeos, en los días de Josué, practicaban el sacrificio de los
niños, la prostitución sagrada, y el culto de la serpiente en, sus
ritos y ceremonias con la religión. Naturalmente, su civilización
degeneró bajo tan desmoralizadora influencia.
Las Escrituras atestiguan esta
sórdida condición por numerosas prohibiciones dadas como aviso a
los israelitas.
Esta degradante influencia religiosa era ya aparente en los días de
Abraham (Gén. 15:16; 19:5). Siglos más tarde, Moisés encargó
solemnemente a su pueblo el destruir a los cananeos, y no solo a
castigarles por su iniquidad, sino para prevenirles de la
contaminación del pueblo elegido por Dios (Lev. 18:24‑28; 20‑23;
Deut. 12:31; 20:17‑18).
La era
de la conquista
La experiencia y el
entrenamiento habían preparado a Josué para la misión desafiante de
conquistar Cancán. En Refidín condujo el ejército israelita,
derrotando a Amalec (Ex. 17:8‑16). Como espía, obtuvo el
conocimiento de primera mano de las condiciones existentes en
Palestina (Núm. 13‑14).
Bajo la tutela de Moisés, Josué
fue entrenado para el mando y la dirección de la conquista y
ocupación de la tierra prometida.
Como fue el caso en el relato de
la peregrinación en el desierto, el registro de la actividad de
Josué está incompleto. No se hace mención de la conquista de la zona
de Siquem entre monte Ebal y monte Gerizim; pero fue allí donde
Josué reunió a todo Israel para escuchar la lectura de la ley de
Moisés (Jos. 8:30‑35). Muy posiblemente, muchas otras zonas locales
fueron conquistadas y ocupadas, aunque no sean mencionadas en el
libro de Josué. Durante la vida de Josué la tierra de Cancán fue
poseída por los israelitas, pero de ningún modo todos sus habitantes
fueron expulsados. Así, el libro de Josué tiene que ser considerado
como solo un relato parcial de la empresa emprendida por Josué.
No se declara la duración del
tiempo empleado para la conquista y división de Cancán. Asumiendo
que Josué tenía la edad de Caleb, los acontecimientos registrados
en el libro de Josué ocurrieron en un período de veinticinco a
treinta años.
Entrada
en Cancán
Al asumir Josué la jefatura de
Israel, se aseguró por completo del total apoyo de las fuerzas
armadas de Rubén, de los gaditas y de la tribu de Manasés, quienes
se habían asentado al este del Jordán en la herencia que se les
había atribuido antes de la muerte de Moisés. Parece completamente
razonable el asumir que la petición de apoyo, en Jos. 1:16‑18, es la
respuesta de la totalidad de la nación de Israel al dictado de las
órdenes de Josué para la preparación del paso sobre el río Jordán.
Dos espías fueron entonces despachados hacia Jericó para ver la
tierra. Por Rahab, quien dio cobijo a aquellos espías, se supo que
los habitantes de Canaán eran conscientes del Dios de Israel y que
había intervenido de una forma sobrenatural en favor de Israel. Los
dos hombres volvieron asegurando a Josué y a Israel que el Señor
había preparado el camino para una victoriosa conquista (Jos.
2:1‑24).
Como una visible confirmación de
la promesa de Dios, de que estaría con Josué como lo había estado
con Moisés, y la seguridad adicional de la victoria en Palestina,
Dios procuró un milagroso paso a través del Jordán. Esto constituyó
una razonable base para que todos los israelitas ejerciesen su fe en
Dios (Jos. 3:7‑13). Con los sacerdotes que portaban el Arca abriendo
el camino y permaneciendo en medio del Jordán, los israelitas
pasaron por un terreno seco. forma las aguas se detuvieron para
realizar este paso y hacerlo.
De qué posible, no se establece
en el relato. Ciertos hechos declarados estar, sin embargo,
mostrando su significación positiva. El lugar del paso está
identificado como "cerca de Jericó" que sería aproximadamente de
ocho kms. al norte del mar Muerto. Las aguas se cortaron o se
detuvieron en Adam, que hoy está identificada con ed‑Damieh,
localizada a 32 kms. del mar Muerto o aproximadamente a 24 kms.
desde donde Israel cruzó realmente.
El Jordán sigue un curso de 322 kms. en la distancia de 97 kms.
entre el mar de Galilea y el mar Muerto, descendiendo 183 metros. En
Adam, los arrecifes de piedra caliza salpican los bancos de
corriente. Tan recientemente como en el pasado 1927, parte de un
arrecife de 46 mts. cayó en el Jordán, bloqueando el agua durante
veintidos horas. Tanto si Dios causó que esto ocurriera o no cuando
Israel pasó el río, es algo que no está claramente determinado, pero
puesto que el Señor empleó medios naturales vara hacer cumplir su
voluntad en otras ocasiones (Ex. 14:21), existe la posibilidad de
que un terremoto pudo haber sido la causa de la obstrucción en
semejante ocasión.
También fue hecha la provisión
para que Israel no olvidase lo sucedido. Se elevaron dos memoriales
para este propósito. Bajo la supervisión de Josué, doce grandes
piedras apiladas una sobre otra, marcan el lugar donde el sacerdocio
con el arca de la alianza en el medio del Jordán, permaneció de pie
mientras que el pueblo marchó cruzando el río (Jos. 4:9). En Gilgal,
se erigió otro memorial en formó de amontonamiento de piedras ( Jos.
4:3, 8 y 20). Doce hombres, representando a las tribus de Israel,
llevaron doce piedras a Gilgal para este memorial que recordaba a
las futuras generaciones la provisión milagrosa que se había hecho
para los israelitas en el cruce del río Jordán. De esta forma, las
acciones de Dios deberían ser recordadas por el pueblo de Israel en
los años venideros.
La conquista
Acampados en Gilgal, Israel
estaba realmente preparado para vivir en Canaán como la nación
elegida por Dios. Durante cuarenta años, mientras que la generación
incrédula había muerto en el desierto, la circuncisión como un signo
de la alianza (Gén. 17:1‑27) no había sido observada. Mediante este
rito, las nuevas generaciones recordaban dolorosamente la alianza y
la promesa de Dios hecha para llevarles hacia la tierra que "manaba
leche y miel". La entrada en aquella tierra fue también marcada por
la observancia de la Pascua y el cese de la provisión del maná. El
pueblo redimido se alimentaría de entonces en adelante de los
frutos de aquella tierra.
El propio Josué estaba preparado
para la conquista a través de una experiencia similar a la que
tenía Moisés cuando Dios le llamó (Ex. 3). Mediante una teofanía,
Dios impartió a Josué la conciencia de que la conquista de la tierra
dependía entonces no solamente de su persona; sino que estaba
divinamente comisionado y dotado de los poderes precisos. Incluso
aunque estaba a cargo de Israel, Josué no era sino un servidor más y
sujeto al mando del ejército del Señor (Jos. 5:13‑15).
La conquista de Jericó fue una
sencilla victoria.
Israel no atacó la ciudad de acuerdo con las normas usuales de
estrategia militar, sino simplemente siguiendo las instrucciones del
Señor. Una vez por día, durante seis días, los israelitas marcharon
alrededor de la ciudad. Al séptimo día, cuando marcharon siete veces
alrededor de las murallas de la ciudad, éstas cayeron y los
israelitas pudieron entrar fácilmente y posesionarse de ella. Pero
no se permitió a los israelitas el apropiarse del botín ni los
despojos por sí mismos. Las cosas que no fueron destruidas ‑‑objetos
metálicos‑ fueron colocadas en el tesoro del Señor. Excepto Rahab y
la casa de sus padres, los habitantes de Jericó fueron exterminados.
La milagrosa conquista de Jericó
fue una convincente demostración para los israelitas de que sus
enemigos podían ser vencidos. Hai fue el próximo objetivo de
conquista. Siguiendo el consejo de su reconocimiento previo, Josué
envió un ejército de tres mil hombres, que sufrieron una grave
derrota. Por medio de la oración y de una investigación de Josué y
los ancianos, se reveló el hecho de que Acán había pecado en la
conquista de Jericó apropiándose de un atractivo ornamento de origen
mesopotámico, además de plata y oro. Por esta deliberada acción de
desafío a las órdenes emanadas del Señor sobre el botín y los
despojos de la victoria, Acán y su familia fueron apedreados en el
valle de Acor.
Seguro del éxito, Josué renovó
sus planes de conquistar Hai. Contrariamente al procedimiento
anterior, los israelitas echaron mano al ganado y a otros objetos de
propiedad movible. Las fuerzas enemigas fueron atraídas hacia campo
abierto de tal forma, que los treinta mil hombres que había
estacionados más allá de la ciudad por la noche, estuviesen en
condiciones de atacar Ha¡ desde atrás y prenderle fuego. Los
defensores fueron aniquilados, el rey fue ahorcado y el lugar
reducido a cascotes.
Wright identifica et‑Tell,
localizado a unos 2,5 kms. al sudeste de Betel, como la situación de
Ha¡. Las excavaciones llevadas a cabo indican que et‑Tell floreció
como una fortaleza cananeo en 3330‑2400 a. C. Subsiguientemente fue
destruida y quedó en ruinas hasta aproximadamente el año 1000 a. C.
Betel, sin embargo, fue una floreciente ciudad durante este tiempo
y, de acuerdo siempre con Albright, que excavó allí en 1934, fue
destruida durante el siglo XIII. Puesto que nada se establece en el
libro de Josué respecto a su destrucción, Wright sugiere tres
posibles explicaciones:
(1) el relato de Hai es una
invención posterior para justificar las ruinas; (2) el pueblo de Betel
utilizó Ha¡ como puesto fronterizo militar; (3) la teoría de Albright
de que el relato de la conquista de Betel fue más tarde transferida a
Ha¡. Wright apoya la última teoría, asumiendo la última fecha del
éxodo y la conquista.
Otros no están tan ciertos
respecto a la identificación de et‑Tell y Hai. El Padre H. Vincent
sugiere que los habitantes de Ha¡ tenían un sencillo puesto fronterizo
militar allí, por cuya razón no queda nada hoy que suministre
evidencia arqueológica de su existencia en la época de Josué. Unger
plantea la posibilidad de que el actual lugar de Ha¡ pueda todavía ser
identificada en la vecindad de Bete1.
Aunque nada esté definitivamente
establecido respecto a la conquista de Betel, esta ciudad, que figura
tan prominentemente en tiempos del Antiguo Testamento desde los días
de la entrada de Abraham en Canaán, se menciona en Jos. 8:9, 12, y 17.
Una razonable inferencia es la de que los betelitas estuvieron
implicados en la batalla de Hai. No se afirma nada respecto a su
destrucción, pero el rey de Betel está citado como habiendo sido
muerto (Jos. 12:16). Los espías enviados a Hai llevaron la impresión
de que Hai no era muy grande (Jos. 7:3). Más tarde, cuando Israel hace
su segundo ataque, el pueblo de Hai, al igual que los habitantes de
Betel, abandonaron sus ciudades para perseguir al enemigo (Jos. 8:17).
Es probable que Hai solamente fuese destruida en aquella ocasión y
que Betel fuese ocupada sin destruirla. La conflagración del siglo
XIII puede ser identificada con el relato dado en Jueces 1:22‑26,
subsiguiente al tiempo de Josué.
Siguiendo esta gran, victoria, los
israelitas erigieron un altar en el monte Ebal con objeto de presentar
sus ofrendas al Señor, de acuerdo con lo ordenado por Moisés. Allí,
Josué hizo una copia de la ley de Moisés. Con Israel dividido de forma
tal que una mitad del pueblo permaneciese frente al monte Ebal y la
otra mitad frente al monte Gerizim, de cara al arca, la ley de Moisés
fue leída al pueblo (Jos. 8:30‑35). De esta forma, los israelitas
fueron solemnemente puestos sobre el recuerdo de sus responsabilidades,
conforme se hallaban al borde de ocupar la tierra prometida, a no ser
que se apartasen del curso que Dios les había trazado.
Cuando la noticia de la conquista
de Jericó y de Hai se esparció por toda Canaán, el pueblo, en varias
localidades, organizó la resistencia a la ocupación de Israel (Jos.
9:1‑2). Los habitantes de Gabaón, una ciudad situada a 13 kms. al
norte de Jerusalén, imaginaron astutamente un plan de engaño.
Fingiendo ser de una lejana tierra por la evidencia de sus ropas
rotas y sucias y sus alimentos descompuestos, llegaron al campamento
israelita en Gilgal y expresaron su temor del Dios de Israel,
ofreciéndoles ser sus sirvientes si Josué hacía un convenio con ellos.
A causa de haber fallado en buscar la guía divina, los líderes de
Israel cayeron en la trampa y se negoció un tratado de paz con los
gabaonitas. Tras tres días, se descubrió que Gabaón y sus tres
ciudades dependientes se hallaban en las proximidades. Aunque los
israelitas murmuraron contra sus jefes, el tratado no se violó.
En su lugar, los gabaonitas fueron
encargados de suministrar madera y agua para el campamento israelita.
Gabaón era una de las grandes
ciudades de Palestina. Cuando capituló a Israel, el rey de Jerusalén,
se alarmó grandemente. En respuesta a su llamada, otros reyes amorreos
de Hebrón. Jarmut, Laquis y Egión formaron una coalición con él para
atacar la ciudad de Gabaón. Habiendo hecho una alianza con Israel, la
ciudad sitiada despachó inmediatamente mensajeros en demanda de
socorro para aquel lugar. Mediante la marcha de toda una noche desde
Gilgal. Josué apareció inesperadamente en Gabaón, donde derrotó y
empujó al enemigo a través del paso de Bet‑horón (también conocido
como el valle de Ajalón) hasta Azeca y Maceda.
La ayuda sobrenatural en esta
batalla resultó una aplastante victoria para los israelitas. Además
del elemento sorpresa y pánico en campo enemigo, las piedras del
granizo hicieron enormes bajas entre los amorreos, más de las que
hicieron los combatientes de Israel (Jos. 10:11). Además, a los
israelitas se les permitió un largo día para que persiguieran al
enemigo. La ambigüedad del lenguaje concerniente a este largo día de
Josué, ha dado origen a variadas interpretaciones. ¿Era este un
lenguaje poético? ¿Solicitó Josué una mayor duración de la luz del sol
o para descanso del calor del día?
Si se trata de un lenguaje poético, entonces sólo se trata de una
llamada hecha por Josué para ayuda y fortaleza. Como resultado los
israelitas estuvieron tan llenos de fortaleza y vigor que la tarea de
un día fue llevada a cabo en medio día. Aceptado como una
prolongación de la duración de la luz, esto fue un milagro en el cual
el sol o la luna y la tierra, quedaron detenidos.
Si el sol y la luna retuvieron sus cursos regulares, pudo haber sido
un milagro de refracción o un espejismo dado sobrenaturalmente,
extendiendo la luz del día de forma tal que el sol y la luna
parecieron quedar fuera de sus cursos regulares. Esto proporcionó a
Israel más tiempo para perseguir a sus enemigos.
La llamada de Josué en favor de la ayuda divina pudo haber sido una
solicitud de alivio para que disminuyera el calor del sol, ordenando
que el sol permaneciese silencioso o sordo, es decir, que evitara el
brillar tanto. En respuesta, Dios envió una tormenta de granizo que
les proporcionó tanto el alivio del calor solar y la destrucción del
enemigo. Los soldados, refrescados, hicieron un día de marcha en
medio día de duración desde Gabaón hasta Maceda, una distancia de 48
kms. y les pareció
un día completo cuando en realidad sólo había transcurrido medio día.
Aunque el relato de Josué no nos proporcione detalles de cómo ocurrió
aquello, resulta aparente que Dios intervino en nombre de Israel y la
liga amorea fue totalmente derrotada.
En Maceda, los cinco reyes de la
liga amorrea fueron atrapados en una cueva y subsecuentemente
despachados por Josué. Con la conquista de Maceda y Libra, esta última
situada en la entrada del valle de Ela, donde más tarde David
venció a Goliat, los reyes de aquellas dos ciudades igualmente fueron
muertas. Josué, entonces asaltó la bien fortificada ciudad de Laquis
(la moderna Tell‑ed‑Duweir) y al segundo día de sitio, derrotó dicha
plaza fuerte. Cuando el rey de Gezer intentó ayudar a Laquis, también
pereció con sus fuerzas; sin embargo, no se afirma que se conquistase
la ciudad de Gezer. El siguiente movimiento de Israel fue la victoria
al tomar Eglón, que actualmente está identificada con la moderna
Tell‑el‑Hesi. Desde allí, las tropas atacaron hacia el este en la
tierra de las colinas, y bloquearon Hebrón, que no fue fácilmente
defendida. Entonces, dirigiéndose hacia el sudoeste cayeron como una
trompa y tomaron Debir, o Quiriat‑sefer. Aunque las fuertes ciudades‑estado
de Gezer y Jerusalén no fueron conquistadas, quedaron aisladas por
esta campaña, de tal forma que la totalidad del área meridional, desde
Gabaón hasta Cales‑barrea y Gaza, quedaron bajo el control de Israel
cuando Josué condujo sus guerreros endurecidos por la batalla de nuevo
al campamento de Gilgal.
La conquista y ocupación del norte
de Canaán está brevemente descrita. La oposición fue organizada y
conducida por Jabín, rey de Hazor, que tenía bajo su mando una gran
fuerza de carros de batalla. Una gran batalla tuvo lugar cerca de las
aguas de Merom con el resultado de que la coalición cananeo fue
totalmente derrotada por Josué. Los caballos y los carros de combate
fueron destruídos.y la ciudad de Hazor quemada hasta reducirla a
cenizas. No se hace mención a la destrucción de otras ciudades en
Galilea.
Hazor, identificada como Tell‑el‑Quedah,
está estratégicamente situada aproximadamente a 24 kms. al norte del
mar de Galilea a unos ocho kms. al oeste del Jordán. En 1926‑1928,
John Garstang dirigió una excavación arqueológica de este lugar. Más
recientemente, excavaciones de mayor importancia de Hazor fueron
llevadas a cabo y dirigidas por el Dr. Yigael Yadin, en 1955‑58.
La acrópolis en sí misma, consistía en veinticinco acres que
alcanzaban una altura de cuarenta mts. y que aparentemente fue
fundada en el tercer milenio a. C. Un área más baja hacia el norte
consistente en unas sesenta y siete hectareas estuvo ocupada durante
el segundo milenio a. C. y tal vez tuviera una población tan
importante como 40.000 habitantes. En los registros de Egipto y
Babilonia, Hazor es frecuentemente mencionada, indicando su
importancia estratégica. La parte baja de la ciudad, aparentemente fue
construida durante la segunda mitad del siglo XVIII de la era de los
hicsos. Tras de que Josué destruyera este poderoso centro cananeo, el
poder en Hazor tuvo que haber sido restablecido suficientemente para
suprimir a Israel, hasta que fue nuevamente aplastada (Jue. 4:2) tras
de lo cual Hazor fue incorporada por la tribu de Neftalí.
En forma resumida, Jos.
11:16‑12:24 relata para la conquista de Israel la totalidad de la
tierra de Canaán. El territorio cubierto por las fuerzas de ocupación
extendidas desde Cades‑barnea, o las extremidades del Neguev, que
llegaba al norte hasta el valle del Líbano, bajo monte Hermón. Sobre
el lado oriental del Jordán, se divide el área que previamente había
sido conquistada bajo Moisés y que se extendía desde monte Hermón ea
el norte, hasta el valle de Arnón, al este del mar Muerto.
Existe una lista de treinta y un
reyes derrotados por Josué. Con tantas ciudades‑estados, cada una con
su propio rey y tan pequeño territorio, fue posible para Josué y los
israelitas el derrotar a aquellos gobernantes locales en pequeñas
federaciones. Incluso aunque los reyes fueron derrotados, no todas las
ciudades fueron realmente capturadas u ocupadas. Mediante su conquista,
Josué sometió a los habitantes hasta el extremo de que durante el
subsiguiente período de paz, los israelitas pudieron establecerse en
la tierra prometida.
El reparto
de Canaán
A pesar de que los reyes
cabecillas habían sido derrotados y prevaleció un período de paz,
quedaron muchas zonas no ocupadas en la tierra (13:1‑7). Josué fue
divinamente comisionado para repartir el territorio conquistado a las
nueve tribus y media. Rubén, Gad, y la mitad de Manasés habían
recibido sus partes al este del Jordán, bajo Moisés y Eleazar (Jos.
13:8‑33; Núm. 32).
Durante el período de la conquista,
el campamento de Israel estuvo situado en Gilgal, un poco al nordeste
de Jericó, cerca del Jordán. Bajo la supervisión de Josué y Eleazar,
el reparto fue hecho a algunas de las tribus, mientras todavía estaban
allí acampadas. Caleb, que había sido un hombre de fe poco común
cuarenta y cinco años anterior a aquella época, cuando los doce espías
fueron enviados a Canaán (Núm. 13‑14), entonces recibió una especial
consideración, siendo recompensado con la ciudad de Hebrón en su
herencia (14:6‑15). La tribu de Judá se apropió de la ciudad de Belén,
además de la zona existente entre el mar Muerto y el mar Mediterráneo.
Efraín y la mitad de Manasés recibieron la mayor parte de la zona al
oeste del Jordán entre el mar de Galilea y el mar Muerto (Jos.
16:117:18).
Silo fue establecido como el
centro religioso de Israel (Jos. 18:1). Fue allí donde las tribus
restantes fueron invitadas a poseer sus territorios ya asignados.
Mientras se le dio a Simeón la tierra al sur de Judá, las tribus de
Benjamín y de Dan recibieron su parte inmediatamente al norte de Judá.
Se les entregó su pertenencia a Manasés en el norte, comenzando con el
valle de Meguido y monte Carmelo, Isacar, Zabulón, Aser y Neftalí.
Las ciudades para refugio fueron
designadas por toda la tierra prometidá (20:1‑9). Al oeste del Jordán
esas ciudades eran Cades en Neftalí, Siquem en Efraín, y Hebrón en
Judá. A1 este del Jordán en cada una de las áreas tribales, estaban
los siguientes: Beser en Rubén, Ramot de Galaad dentro de las
fronteras de Gad, y Golán en Basán, en el área de Manasés. A esas
ciudades, cualquiera podía huir buscando seguridad para caso de
venganza de sangre por la muerte de un hombre.
La tribu de Leví no recibió
reparto territorial, ya que era la responsable de los servicios
religiosos en toda la nación. Las demás tribus tenían la obligación de
proporcionar toda clase de facilidades a los levitas y, de esa forma,
la tierra de pastoreo de cada una de las cuarenta y ocho ciudades
estaba a disposición de los levitas para que pudiesen dar alimento a
sus rebaños.
Con una recomendación por sus
fieles servicios y una admonición a permanecer fieles a Dios, Josué
despidió a las tribus transjordanas que habían servido con el resto
de la nación, bajo su mando, en la conquista del territorio al oeste
del Jordán. Tras su retorno a la Transjordania, erigieron un altar,
una acción que alarmó a los israelitas que se habían comportado en
Canaán debidamente. Finees, el hijo del sumo sacerdote, fue enviado a
Silo para hacerse cargo de la situación. Su investigación le aseguró
de que el altar levantado en, la tierra de Galaad, servía al propósito
de mantener un debido culto a Dios.
La Biblia no establece cuanto
tiempo vivió Josué tras sus campañas militares. Una inferencia basada
en el libro de Josué, 14:6‑12, es que la conquista de Canaán fue
llevada a cabo en un período de aproximadamente siete años. Josué pudo
haber muerto poco después de esto o pudo haber vivido como veinte o
treinta años como máximo. Antes de morir a la edad de 110 años, reunió
a todo Israel en Siquem y severamente les amonestó a temer al Señor.
Les recordó que Dios había advertido a Abraham de que no sirviera a
ningún ídolo y había verificado el convenio de la alianza hecho con
los patriarcas trayendo a Israel a la tierra prometida. Se hizo una
alianza pública mediante la cual los jefes aseguraron a Josué que
ellos servirían al Señor. Después de la muerte de Josué, Israel
cumplió esta promesa sólo hasta el paso de la generación más vieja.
Cuando
gobernaban los Jueces
Los acontecimientos registrados en
el libro de los Jueces están íntimamente relacionados a los de los
tiempos de Josué. Puesto que los cananeos no habían sido totalmente
desalojados y la ocupación de Israel no era completa, similares
condiciones continuaron en el período de los Jueces. En consecuencia,
el estado de guerra continuó en zonas locales o en ciudades que fueron
vueltas a ocupar en el curso del tiempo. Referencias tales como las
citadas en Jueces 1:1; 2:6‑10, y 20:26‑28
parecen indicar que
los acontecimientos en Josué y Jueces están íntimamente relacionados
cronológicamente o son incluso sincrónicos.
La cronología de este período es
difícil de discernir. El hecho de que se hayan sugerido cuarenta o
cincuenta métodos diferentes para medir la era de los Jueces, es
indicativo del problema.
Indudablemente, este cálculo de
años y tabulación es la que tiene Pablo en la memoria cuando divide el
período de Josué hasta Samuel, incluyendo 40 años para la judicatura
de Elí (Hechos 13:20). Incluso con la aceptación de la temprana fecha
de la ocupación de Cancán bajo Josué (1400 a. C.), es imposible
permitir una cronológica secuencia para esos años, puesto que David
estaba plenamente establecido en el trono de Israel por el año 1000,
a. C. En I Reyes 6:1, se calcula un período de 480 años, desde el
tiempo del Éxodo al cuarto año del reinado de Salomón. Incluso
permitiendo un mínimo de 20 años por cada uno para Elí, Samuel y Saúl,
40 años para David, 4 años para Salomón, 40 años para la peregrinación
por el desierto y un mínimo de 10 años para Josué y los ancianos, un
total de 154 años tendría que ser añadido a 410, haciendo una gran
tabulación de 566 años. La obvia conclusión es que el período de los
Jueces no corresponde a una secuencia cronológica.
Garstang tiene en cuenta para este
período, considerando a Samgar, Tola, Jair, Ibzán, Elón y Abdón como
jueces locales cuyos años son sincrónicos con aquellos de los períodos
mencionados
Omitiendo esto de la tabulación cronológica, el número total de años
entre el Exodo y el cuarto año del reinado de Salomón, aproxima
la cifra de 480 años. En Jueces 11:26, se dan 300 años como el tiempo
transcurrido entre la derrota de los amonitas bajo Moisés y los días
de Jefté. Restando los anos de Josué y los ancianos, y añadiendo 20
años para Sansón, el tiempo que corresponde a los Jueces desde Otoniel
a Sansón se aproximaría a tres siglos (1360‑1060 a. C.).
La última fecha para la conquista
bajo Josué (1250‑1225 a. C.) limita el período permitido a los Jueces,
incluyendo los días de Elí, Samuel y Saúl, a dos siglos o menos. Con
este cómputo en I Reyes 6:1, y Jueces 11:26, se tiene la consideración
de ser unas últimas inserciones y no fiables históricamente. Aunque
Garstang considera la referencia en I Reyes como una inserción, él lo
fecha antes y lo acepta como fiable. Esta cronología más corta
necesitaría una ulterior sincronización de períodos de opresión y
permanencia en los días de los Jueces.
Obviamente, cualquier pauta
cronológica propuesta para esta era de los jueces no es sino una
solución sugerida. Los datos de la Escritura son suficientes para
establecer una cronología absoluta. Parece completamente cierto que
los autores de Josué y Jueces no intentan dar un relato que encaje en
una completa cronología para el período en cuestión. La fe a las
tradiciones de I Reyes 6:1 y Jueces 11:26 exige la cronología más
larga.
Israel no tenía capital política
en los días de los Jueces. Silo, que fue establecido como centro
religioso en los días de Josué (Jos. 18:1), continuó como tal en los
días de Elí (I Samuel 1:3). Puesto que Israel no tenía rey (Jueces
17:6; 18:1; 19:1; y 21:25) no existía plaza central donde un juez
pudiera oficiar. Aquellos jueces intervenían en lugares de liderazgo
según la situación local o nacional pudiese demandar. La influencia y
el reconocimiento de muchos de ellos, era indudablemente limitada a
su comunidad local o tribu. Algunos de ellos eran caudillos militares
que liberaron a los israelitas del enemigo opresor, mientras que otros
fueron reconocidos como magistrados a quienes el pueblo se dirigía
para decisiones políticas o de carácter legal. Sin tener un gobierno
central, ni capitalidad, las tribus israelitas fueron gobernadas
espasmódicamente sin inmediata sucesión, cuando uno de los jueces
fallecía. Con algunos de los jueces restringidos a zonas locales, es
también razonable asumir que varias judicaturas se superpusieran.
La anotación "en estos días no
había rey en Israel; y cada lo que bien le parecía" (Jue. 21:25)
describe claramente las c que prevalecían en la totalidad del período
de los Jueces.
El versículo que sirve de apertura
a Jueces, sugiere que este que este libro tiene relación con los
acontecimientos que tuvieron lugar tras la muerte de Josué. El relato
de Jueces 2:6‑10, puede apoyar la idea de que algunos de tale'
acontecimientos se refiere en parte a la conquista de ciertas ciudades
bajo` el mando de Josué. La conquista de Hebrón en Jueces 1:10‑15,
puede ponerse como paralelo al relato de Josué 15:14‑19. Otras
declaraciones reflejan los cambios que ocurrieron en un largo período
de tiempo. Jerusalén no fue conquistada en los días de Josué (15:63)
y, de acuerdo con Jueces 1:8, la ciudad fue quemada por el pueblo de
Judá, pero en el versículo está claramente establecido que los
benjaminitas no desalojaron a los jebuseos de Jerusalén. La ciudad no
fue realmente ocupada por los israelitas hasta los días de David. La
victoria judaica tuvo que haber sido solo temporal.
Aunque Josué había derrotado las
principales fuerzas de la oposición cuando conducía a Israel hacia
Canaán y dividió la tierra a las diversas tribus, muchos locales
permanecieron en manos de los cananeos y otros habitantes. En
sumensaje final a los israelitas Josué advirtió al pueblo de no
mezclarse o contraer matrimonio con los habitantes locales que se
quedaron, sino que les amonestó a apartar a aquellas gentes
idolátricas y ocupar sus tierras. Se hicieron ulteriores intentos para
desalojar a tales gentes, pero según lo escrito se deduce que los
israelitas sólo fueron parcialmente obedientes.
Mientras que se conquistaron
algunas zonas, ciertas ciudades fuertemente fortificadas tales como
Taanac y Meguido permanecieron en posesión de los cananeos. Cuando
Israel fue lo suficientemente fuerte, Israel quiso forzar a aquellas
gentes al trabajo y a pagar tributos; pero fracasaron en su propósito
de expulsarles fuera de la tierra. Consecuentemente, los amorreos,
cananeos y otros, permanecieron en la tierra que había sido entregada
por completo a Israel para su posesión y ocupación. Hubiera parecido
completamente natural, que cuando Israel se hubiera debilitado,
aquellas gentes incluso volviesen a tomar posesión de sus tierras,
ciudades y poblados que Israel hubo una vez conquistado (ver Jueces
1:34).
La ocupación parcial de la tierra
dejó a Israel en permanentes dificultades. Mediante la fraternización
con los habitantes, los israelitas participaron en el culto a Baal,
conforme apostataban del culto a Dios. Los pueblos particularmente
mencionados que fueron culpables de que Israel se apartase de Dios,
fueron los cananeos, los heteos, los amorreos, los ferezeos, los
heveos y los jebuseos. Durante este período de apostaría, los
matrimonios mixtos condujeron a mayores abandonos en el servicio y
verdadero culto a Dios. En el curso de una generación el populacho de
Israel llegó a ser tan idólatra que las bendiciones prometidas por
Dios a través de Moisés y Josué, les fueron retiradas.
A1 rendir culto a Baal los israelitas rompieron con el primer
mandamiento del Decálogo.
El juicio les llegó en forma de
opresión. Ni Egipto ni la Mesopotamia eran lo bastante fuertes como
para dominar el Creciente Fértil durante esta era. La influencia
egipcia en Palestina había disminuido durante el reinado de Tut‑ank‑Amón
(1360 a. C.). Asiria surgía poderosa (1250 a. C.), pero ya no se
interfería en las cuestiones de Canaán. Esto permitió a los pueblos de
las inmediaciones, al igual que a las ciudades‑estados usurpar sobre
las posesiones de Israel en Canaán. Los oponentes políticos de esta
época son los mesopotámicos, moabitas, filisteos, cananeos, madianitas
y amonitas. Estos invasores tomaron ventaja de los israelitas,
arrebatándoles sus propiedades y cosechas. Cuando la situación llegó
a hacerse insoportable, se desesperaron lo bastante como para
volverse hacia Dios.
El arrepentimiento fue el
siguiente paso de este ciclo. Conforme los israelitas perdían su
independencia y se sometían a la opresión, reconocieron que estaban
sufriendo las consecuencias de su desobediencia a Dios. Cuando se
hicieron conscientes de su pecado, se volvieron hacia Dios en
penitencia Su llamada no fue en vano.
La liberación llegó a través de
campeones que Dios envió para desafiar a los opresores. Jefes
militares que condujeron a los israelitas a atacar al enemigo, fueron
como notables, Otoniel, Aod, Samgar, Débora y Barac, Gedeón, Jefté y
Sansón. Especialmente dotados con una divina capacidad, aquellos jefes
rechazaron a los enemigos e Israel de nuevo gozó de un periodo de paz
y tranquilidad.
Estos ciclos religioso‑políticos
se sucedieron frecuentemente en los días de los Jueces. El
pecado, la tristeza, la súplica y fa salvación eran cosa del día. Cada
generación, aparentemente, tenía bastante gente que era consciente de
la posibilidad de asegurarse el favor de Dios y sus bendiciones, y la
idolatría rechazada, restaurándose la adhesión a los preceptos de Dios
que quedaban así instaurados.
Los jueces
y
las naciones opresoras
La opresión por un período de ocho
años por una fuerza de invasión procedente de las altiplanicias de
Mesopotamia, de comienzo al primer ciclo. Garstang sugiere que Cusham‑Risha‑taim
era un rey heteo que se había anexionado el norte de la Mesopotamia,
también conocido por Mitanni, y extendió su poder hasta la tierra de
Israel. Otoniel, de
la tribu de Judá,'¡ tomó la iniciativa en convertirse en campeón de la
causa de Israel, conforme s el Espíritu del Señor cayó sobre él.
Siguió a esto un período de calma de cuarenta años.
Moab fue la próxima nación que
invadió a Israel. Apoyados por los amonitas y amalecitas, los
moabitas ganaron una posición en territorio de Israel, y exigió
tributos. Aod, de la tribu de Benjamín se levantó como liberador para
terminar con los diez y ocho años de la dominación moabita. Habiendo pagado el tributo, Aod obtuvo una audiencia privada con Eglón, el
rey de Moab. Utilizando la espada con la mano izquierda, Aod le atacó
cuando estaba desprevenido, y mató al citado rey de Moab, escapando
después antes que fuera descubierta su hazaña. Los moabitas quedaron
desmoralizados, mientras que los israelitas se envalentonaron para
apoyar a Aod en toda su ofensiva contra el enemigo. Aproximadamente
unos 10.000 moabitas perdieron la vida en el encuentro, lo que
proporcionó a Israel una notable victoria. Con la expulsión de Moab,
Israel gozó de un período de tranquilidad de ocho años. Durante esta
época, Ramsés II, que gobernaba Egipto (1290-1224 a. C.) y Merneptah
su hijo (1224‑1214) mantuvieron un equilibrio. de poder con los heteos
controlando Palestina tan lejos como al sur de
Siria. La sola
mención de Israel en las inscripciones egipcias procede de la.
baladronada de Merneptah de que Israel era considerada como un erial.
En su totalidad las condiciones de paz prevalecieron por algún tiempo.
Solamente en un versículo se hace
mención a la carrera de Samgar. No se indica nada respecto a la
opresión, ni existen tampoco detalles respecto al origen de Samgar ni
a su pasado. Una lógica inferencia parece ser que los filisteos
penetraron dentro del territorio de Israel y que Samgar se levantó
para ofrecerles resistencia, matando a 600 enemigos en un valeroso
esfuerzo.
El hostigamiento por los cananeos,
seguido por un período de veinte años, conforme la influencia egipcia
declinaba en Palestina bajo Merneptah y otros gobernantes débiles,
ocurrió cerca del siglo XIII. Mientras Jabín, rey de los cananeos,
gobernaba en Hazor, situado al norte del mar de de Galilea, Sísara, el
capitán del ejército de Jabín, persiguió a los israelitas desde
Haroset‑goim, situada cerca del arroyo de Cisón a la entrada noroeste
de la llanura de Esdraelón.
Durante la época de esta opresión
cananea, Débora ganó el, reconocimiento como profetisa en la tierra de
Efraín, cerca de Ramá y Betel. Habiendo enviado por Barac, no sólo le
amonestó para que entrase en la batalla, sino que personalmente se
unió a él en Cedes en Neftalí. Allí, Barac reunió una fuerza
combatiente y se dirigió hacia el sur al monte de Tabor, situado al
nordeste de la llanura triangular de Esdraelón. Sin embargo, puesto
que Sísara tenía la ventaja de 900 carros de guerra en su fuerza
combatiente, Barac tuvo miedo de asumir la responsabilidad de combatir
a los cananeos con sus 10.000 infantes. Incluso aunque Débora le
aseguró la victoria conforme los cananeos fueron, atraídos con engaño
hacia el Cisón, Barac no quiso aventurarse fuera sin su valerosa
acompañante.
Las fuerzas cananeas fueron
sorprendentemente confundidas. Un cuidadoso examen del relato, parece
indicar que cuando los carros de guerra del enemigo se hallaban. en le
valle de Cisón, una repentina lluvia redujo la ventaja de los cananeos.
Los carros guerreros tuvieron que ser abandonados al quedar atascados
en el fango (5:4, 20, 21; 4:15).
Con las fuerzas cananeas derrotadas y Sísara muerto, por Jael, los
israelitas ganaron una paz que duró cuarenta años. La victoria fue
celebrada en un canto que expresa la alabanza por la ayuda divina (Jueces
5).
La reversión de Israel a la
idolatría fue seguida por incursiones procedentes del Desierto Sirio
por nómadas hostiles montados en camellos, conocidos como madianitas,
amalecitas e Hijos de Este, que llegaron a hacerse dueños de las
cosechas y el ganado de los israelitas. Siete años de depredación fue
un período excesivo, de tal forma, que los israelitas tuvieron que
buscar refugio seguro en las cuevas y en lugares montañosos.
En un pueblo llamado Ofra, Gedeón
se hallaba ocupado secretamente buscando grano para su padre, cuando
el ángel del Señor le comisionó para liberar a su pueblo. Aunque Ofra
no puede ser definitivamente identificado, probablemente estaba
situado cerca del valle de Jezreel en la Palestina central, donde la
presión madianita era mayor. Lo primero que hizo Gedeón fue destruir
el altar de Baal en el estado de su padre. Aunque las gentes de la
población se alarmó ante el hecho, el padre de Gedeón, Joás, no era
partidario de la idolatría. Por esta memorable acción Gedeón fue
llamado Jerobaal que significa "Contienda Baal contra él" (Juec.
6:32).
Cuando las fuerzas del enemigo
estaban acampadas en el valle de Jezreel, Gedeón reunió un ejército.
Por el uso de un vellón dos veces expuesto, tuvo la seguridad de que
Dios le había llamado ciertamente para liberar a Israel (Jueces
6:36‑40). Cuando Gedeón anunció a su ejército de 32.000 hombres
reunidos de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí, que cualquiera que
tuviese miedo podría volverse a casa vio a 22.000 hombres salir de las
filas. Como resultado de una nueva comprobación perdió otros 9.700
hombres. Con una compañía de solo 300 hombres que preparó para la
batalla, se dispuso a atacar a las hordas nómadas.
En las faldas del monte More,
hacia la terminación oriental de la llanura de Meguido, permanecía
acampada la gran hueste de los madianitas con sus camellos. Gedeón,
dividiendo su banda de 300 hombres en tres compañías, hizo un ataque
por sorpresa durante la noche. Al principio de la mitad de la guardia
‑tras las 10 de la noche‑ cuando el enemigo dormía profundamente, los
hombres de Gedeón soplaron las trompetas, aplastaron sus cántaros y
gritaron el grito de batalla diciendo "¡Por la espada del Señor y de
Gedeón!" (Juec. 7:20). Los madianitas sumidos en la mayor confusión
huyeron a través del Jordán. Por su fe en Dios, Gedeón puso así en
fuga al enemigo y liberó a los israelitas de la opresión (ver Heb.
11:32).
En la persecución de los
madianitas, la condición sin ley de los días de los Jueces se refleja
de nuevo (Jueces 8). Tras pacificar a los celosos efrateos, que no
habían compartido la gran victoria, Gedeón encaminó a los madianitas
hacia la Tran.sjordania, tomando una apreciable cantidad de botín de
objetos valiosos, objetos de oro, collares de camellos, joyas de toda
clase, al igual que ornamentos de púrpura de los que vestían los reyes
madianitas. Como resultado, el pueblo ofreció a Gedeón el reinado
hereditario.,¡ El rechazo de Gedeón refleja su actitud de resistencia
contra la tendencia''', hacia la monarquía. Sin embargo, Gedeón hizo
un efod de oro de los despo‑, jos tomados al enemigo. Tanto si aquello
era un ídolo o un simple memorial de su victoria o una acción
contraria al efod con que se adornaban los sumos sacerdotes (Ex.
27:6‑14) es algo que no está claro. En cualquier caso, el!' objeto se
convirtió en un símbolo para Gedeón y su familia, al igual que para
los israelitas, allanando el camino hacia la idolatría. Aunque Gedeón
había,,' ganado la seguridad para Israel de los invasores, por
cuarenta años, median‑. te su victoria militar, su influencia en
religión fue negada. Poco después de su muerte, el pueblo se volvió
abiertamente hacia el culto de Baal, olvidando que Dios les había
garantizado la liberación.
Abimalec, un hijo de una concubina
de Gedeón, se nombró a sí mismo como rey en Síquem por un período de
tres años tras la muerte de Gedeón.
Ganó la adhesión de los siquemitas,
matando traidoramente a todos los setenta hijos de Gedeón, excepto a
Jotam. Este último, dirigiéndose a los hombres de Síquem, desde el
monte Gerizim, por medio de una parábola, compara a Abimelec con una
zarza que fue invitada a reinar sobre los árboles. Invocó la maldición
de Dios sobre Siquem por su conducta con la familia de Gedeón.
La revuelta pronto estalló bajo
Gaal, quien incitó a los siquemitas a rebelarse. En el transcurso de
la lucha civil que siguió, Abimelec fue muerto finalmente por una
piedra de molino que una mujer dejó caer sobre su cabeza cuando se
aproximaba a una torre fortificada dentro de la ciudad.
Esto acabó con todos los intentos
de establecer la monarquía en Israel en los días de los Jueces.
Se conoce poco respecto a Tola y a
Jair. Puesto que no se conocen grandes hechos que les conciernan, sus
responsabilidades fueron meramente judiciales. Tola, de la tribu de
Isacar, paró en Samir, situada en algún lugar del país de las colinas
de Efraín. Se le asigna un gobierno de 23 años.
Jair hizo su oficio de juez en el
territorio de Galaad al este del Jordán durante 22 años. El hecho de
que tuviese una familia de 30 hijos indica no sólo una ostentosa
poligamia, sino también su rango y su posición de riqueza en la
cultura de la época.
La apostasía de nuevo prevaleció en
Israel, vuelto hacia el culto de Baal y otras deidades paganas. La
opresión de esta época proviene de dos direcciones: los filisteos
presionaban desde sudoeste y los amonitas invadieron desde oriente.
La liberación en la Transjordania y su zona llegó bajo el caudillaje
de Jefté.
A causa de ser hijo de una ramera,
Jefté fue condenado al ostracismo desde su comunidad hogareña a
temprana, edad. Llegó a ser un jefe de bandoleros o capitán de
merodeadores en Tob, que probablemente estaba situada al nordeste de
Galaad. Cuando los galaaditas buscaron un caudillo, fue llamado Jefté.
Antes de aceptar este nombramiento, se hizo un solemne pacto mediante
le cual los ancianos galaaditas le reconocieron como jefe y caudillo.
Cuando Jefté apeló a los amonitas,
éstos respondieron con la fuerza. Antes de presentar batalla, hizo un
voto que le obligaba a ser cumplido en el caso de que volviera
victorioso. Vigorizado con el Espíritu del Señor, Jefté obtuvo una
gran victoria de tal forma que los israelitas fueron liberados de los
amonitas quienes les habían oprimido durante diez y ocho años. Cuando
Efraín protestó de que no se les había llamado para tomar parte en la
batalla contra los amonitas, Jefté supo responderle militarmente con
su ejército.
¿Sacrificó Jefté realmente a su
hija en cumplimiento del voto que había pronunciado? En aquel dilema,
no habría agradado ciertamente a Dios que se le hiciera un sacrificio
humano, que en ningún lugar de la Escritura tiene la divina aprobación.
De hecho, este fue uno de los grandes pecados por los cuales los
cananeos tenían que ser exterminados. Por otra parte, ¿cómo pudo
agradar a Dios no cumpliendo con su voto? Aunque los votos en Israel
eran voluntarios, una vez que una persona hacía un voto, se hallaba
bajo la obligación de cumplirlo (Núm. 6:1‑21). La clara implicación
en Jueces 11, es que Jefté cumplió el suyo (v. 39). Su manera de
hacerlo está sujeta a varias interpretaciones.
Que los líderes israelitas no se
conformaban a la religión pura en los días de los Jueces, resulta
aparente en los registros bíblicos
Jefté, que tenía un pasado a medias cananeo, pudo haber conformado la
realización de su voto, prevaleciendo las costumbres paganas,
sacrificando a su hija.
Puesto que las montañas eran consideradas como símbolos de la
fertilidad por los cananeos, su hija fue a las montañas a guardar luto
por su virginidad con objeto de evitar cualquier posible cesación de
la fertilidad de la tierra.
Periódicamente, durante cada año, las doncellas israelitas empleaban
cuatro días recordando el luto de la muchacha sacrificada.
Si la familiaridad de Jefté con la
ley le volvió consciente del disgusto de Dios con los sacrificios
humanos, él pudo haber dedicado a su hija al servicio del tabernáculo.
Haciéndolo así, pudo haber cumplido con su voto y conformado su
actuación a la ideal esencial de la completa consagración significada
en la ofrenda del fuego. Puesto que su hija era su único vástago, Jefté perdió el derecho de sus esperanzas a la posteridad.
En esta forma, pudo haber conjugado sus obligaciones del cumplimiento
del voto pronunciado sin hacer ningún sacrificio humano, un voto que
tal vez hubiese sido realizado apresuradamente bajo una determinada
presión.
Aunque la manera en la cual Jefté
cumplió su voto no está detallada en la narrativa bíblica, hizo frente
al desafío de liberar a su pueblo de la opresión y está considerado
como un héroe de la fe (Heb. 11:32).
Ibzán juzgó en Israel durante
siete años. Se ignora si Belén, el lugar de
su actividad y
enterramiento, es la bien conocida ciudad de Judá o un
pueblo en Zabulón.
La mención de treinta hijos y treinta hijas indica su
posición, riqueza e
influencia.
Elón tiene asignados diez años
como juez. En Ajalón, en la tierra de Zabulón, tuvo su hogar y su
lugar de servicio a su pueblo.
Abdón, el siguiente juez de la
lista, vivió en Efraín. Estando en una posición de proporcionar asnos
para los setenta miembros de su familia, Abdón tuvo que haber sido un
hombre de grandes riquezas e influenció en su país. Juzgó en Israel
durante ocho años.
Israel fue oprimida
simultáneamente por los amonitas y filisteos (Juec. 10:6). Mientras
que Jefté derrotó a los primeros, Sansón es el héroe que resistió y
desafió el poder de los últimos. Puesto que Sansón nunca alivió
completamente a Israel de la dominación palestina, es difícil fechar
el período de 40
años que se menciona
en Jueces 13:1.
Veinte años es el
período que se
calcula que Sansón ostentó su caudillaje (Juec. 15:20).
Sansón fue un gran héroe dotado de
una fuerza sobrenatural recordado. en primer término por sus hazañas
militares. Que fue un nazareno, fue anunciado a sus padres
darlitas antes de su nacimiento. Manoa y su esposa fueron instruidos
mediante la revelación divina de que su hijo comenzaría la liberación
de Israel de la opresión filistea. A través de numerosos relatos,
referencias, se conoce el hecho de que el Espíritu del Señor estaba
sobri, él 13:25; 14:5, 19; 15:14).
Sus actividades
estuvieron limitadas a la llanura marítima y el país de las colinas de
Judá, donde emprendió la lucha contra la ocupación filistea del
territorio Israelita.
Numerosos relatos que sólo pueden
ser una muestra de todo lo que Sansón hizo, están registrados en el
libro de los Jueces. En su camino hacia Timnat, destrozó un león con
sus propias manos. Cuando fue obligado a suministrar treinta
ornamentos de fiesta a los filisteos, quienes deshonestamente
obtuvieron la respuesta al acertijo que él puso en sus bodas en Timnat,
mató a treinta de ellos en Ascalón. En otra ocasión, soltó a
trescientas zorras con ramas ardientes para destrozar las cosechas de
los filisteos. En respuesta a sus represalias, Sansón mató a muchos
filisteos cerca de Etam. Cuando los hombres de Judá le entregaron
atado de manos al enemigo, sus ataduras quedaron sueltas conforme el
Espíritu del Señor llegó sobre él. Sin otras armas que sus manos, mató
a mil hombres con la quijada de un asno. En Gaza arrancó las puertas
durante la noche y se las llevó casi a 64 kms. al este a una colina
cercana al Hebrón.
Las relaciones de Sansón con
Daljla, cuyas simpatías estaban con los filisteos, le condujeron a su
ruina. Por tres veces rechazó con éxito a los filisteos, cuando la
mujer le traicionó; sin embargo, cuando reveló el secreto de su
colosal fuerza y poder a ella y le cortaron los cabellos, Sansón
perdió su fuerza. Los filisteos le sacaron los ojos y le forzaron a
trabajar en un molino como un esclavo. Pero Dios restauró su fuerza
para su hazaña final y pudo derrumbar los pilares del templo de Dagón,
matando más filisteos de los que había muerto en sus anteriores
encuentros.
A despecho de su debilidad, Sansón
ganó renombre entre los héroes de la fe (Heb. 11:32). Dotado con tan
grande fuerza, indudablemente pudo haber hecho mucho más, pero
envuelto en el pecado, fracasó en su misión de liberar a Israel. De
todos modos hizo lo bastante como para hacer desistir a los filisteos
de que Israel no fuese desalojado de la tierra prometida.
Condiciones religiosas, políticas y sociales
Los últimos capítulos del libro de
los Jueces y el libro de Rut, describen las condiciones que existían
en los días de los heroicos jefes tales como Débora, Gedeón, y Sansón.
Sin referencias mezcladas a las actividades de cualquiera de los
jueces particulares nombrados en los capítulos precedentes, es
difícil fechar estos acontecimientos específicamente. Los rabinos
asocian la historia de Micaía y la emigración danita con la época de
Otoniel; pero a causa de la falta de detalles históricos, es imposible
hallarse ciertos de la fiabilidad de todo esto y de las tradiciones
similares de los rabinos. Lo más que puede ser hecho es limitar tales
acontecimientos a los días "cuando los Jueces gobernaban" y "no había
rey en Israel" (Rut 1:1 y Jue. 21: 25).
Micaía y su casa de dioses son un
ejemplo de la apostaría religiosa que prevaleció en los días de los
Jueces. Cuando Micaía, un efrainita, devolvió 1160 siclos robados a su
madre, ella dio 200 siclos a un joyero, el cual hizo una imagen
grabada en la madera y recubierta de plata, al igual que otra imagen
fundida de plata. Con aquellos símbolos idolátricos, Micaía estableció
un santuario al que añadió un efod y terafiues e hizo sacerdotes a uno
de sus hijos. Cuando un levita procedente de Belén se detuvo por azar
en aquella capilla en monte Efraín, Micaía hizo un acuerdo con él,
alquilándole como su sacerdote oficial con, la esperanza de que el
Señor haría prosperar su empresa.
Cinco danitas enviados como grupo
de reconocimiento para localizar más tierra para su tribu, se
detuvieron en el santuario de Micaía para pedir consejo a este levita.
Tras haberles asegurado el éxito de su misión, siguieron su camino y
encontraron condiciones favorables para la conquista de más territorio
en Lais, una ciudad situada en la vecindad del hontanar del río Jordán
Como resultado, seiscientos danitas emigraron hacia el norte. En el
camino, convencieron al levita de que era mejor para él servir como
sacerdote para una tribu más bien que para un solo individuo. Cuando
Micaía y sus vecinos objetaron la cuestión, los danitas, mucho más
fuertes, se limitaron simplemente a tomar al levita y a los dioses de
Micaía y llevárselos a Lais, desde entonces llamada Dan. Allí, Jonatán,
que indudablemente era el levita, estableció un santuario para los
danitas como un substituto para Silo. De no haber ninguna omisión en
la genealogía (18:30) de este Jonatán, es muy verosímil que la
emigración tuviese lugar en los primeros días del período de los
Jueces.
El crimen sexual en Gabaa y los
acontecimientos que siguieron, condujeron a Israel a la guerra civil.
Un levita de las colinas de la tierra de Efraín y su concubina, al
retorno de una visita a los padres de la mujer en Belén, se detuvieron
en Gabaa por la noche. Había pasado por Jebús, esperando recibir mejor
hospitalidad en Gabaa, que era una ciudad benr; jaminita. Durante la
noche, los hombres de Gabaa exigieron y después:, obtuvieron a la
concubina del levita. En la mañana ella fue encontrada muerta a la
puerta de la casa. El tomó el cadáver y la llevó a su hogar;,
cortándola en doce piezas que envió por todo el país. Todo Israel,
desde Dan a Beerseba, fue tan horrorizado por semejante atrocidad, que
se reunieron en Mizpa. Allí, ante una reunión de 400.000 hombres, el
levita habló de lo que habían hecho con ellos los benjaminitas.
Cuando la tribu de Benjamín rehusó
entregar los hombres de Gabaa, habían cometido aquel crimen, estalló
la guerra civil. Los benjaminitas dispusieron una fuerza combativa de
26.000 hombres, incluyendo una división;: de honderos. El resto de
Israel, entonces, se reunió en Betel, donde estaba situada el Arca del
Señor, para recibir consejo para la batalla de Finees, el sumo
sacerdote. Por dos veces las fuerzas israelitas fueron derrotadas en
su ataque a Gabaa. La tercera vez, la conquistaron y quemaron la
ciudad, matando a todos los benjaminitas excepto a 600 que huyeron y
encontraron refugio en la roca de Rimón. La destrucción y devastación
de Benjamín fue completa, hasta el extremo de que la totalidad
de la tribu quedó arruinada. Tras cuatro meses, se efectuó una
reconciliación con los 600 hombres que; quedaban. Se tomaron medidas
para la restauración y el matrimonio de aquellos hombres, de forma tal
que los benjaminitas pudiesen ser re instaurados en la nación de
Israel.
La historia de Rut suministra una
visión rápida de una era más pacíúl en los días en que los Jueces
gobernaban. Esta
narrativa cuenta con la emigración de una familia israelita ‑Elimelec,
Noemí y sus dos hijos hacia Moab, cuando había hambre en Judá. Allí,
tos dos hijos se casaron con dos mujeres moabitas, Rut y Orfa. Tras la
muerte de su marido y ambos hijos, Noemí se volvió a Belén acompañada
de Rut. En el curso del tiempo, Rut se casó con Booz y,
subsiguientemente, figura en la línea genealógica davídica de la
familia real de Israel.
Habla el Antiguo Testamento
por
Samuel J. Shultz